
El codo que marca la altura del andador con ruedas
El codo se le queda a mitad de camino, ni estirado ni pegado a las costillas, y recién ahí suelto el destornillador. Llevo tres vueltas de tuerca ajustando la manija derecha del andador con ruedas mientras mi viejo espera parado en el pasillo, una mano apoyada en la pared por las dudas. La regla que uso es esa: una leve flexión en el codo, sin encorvarlo ni estirar el brazo como quien busca algo en un estante alto. Si apoya todo el peso arriba sin frenar, el aparato se le va para adelante y ahí sí se cae. Llevamos dos años con esto de cuidarlo en casa, y todavía hay tardes en que ajusto una tuerca y pienso que la movilidad de un viejo se mide en milímetros, no en metros. La autonomía que le queda no depende solo de sus piernas: depende de que el fierro que lo sostiene esté bien puesto. Cuando no lo usa, lo dejo apoyado contra la pared del pasillo, justo entre su cuarto y el mío.
No fue así desde el principio. Elegir un andador no es como comprar una herramienta en la ferretería, aunque yo esté acostumbrado a pensar así por el oficio. El primer día que llegó este modelo, calculé la altura a ojo, pensando que más alto era sinónimo de más seguro, como si darle más apoyo fuera automáticamente mejor. A la media hora lo vi encorvado, los hombros metidos hacia adentro, cansándose el doble para cruzar el pasillo. El kinesiólogo que lo visita cada quince días fue el que me marcó el error esa misma semana: lo paró con los brazos sueltos y midió desde la muñeca. Bajé la manija dos rayitas en el tornillo y esa misma tarde caminó distinto.
¿Por qué no aguantó la baranda de madera?
Antes del andador hubo otro intento que no sirvió. Meses atrás atornillé dos barandas de madera en la pared del baño, convencido de que le iban a dar un apoyo extra para levantarse del inodoro sin necesitarme a mí al lado. A la semana ya estaban flojas, colgando medio sueltas del revoque, porque el tornillo no agarraba bien en esa pared vieja y el peso de un cuerpo apoyándose de golpe es otra cosa que sostener una toalla. Esa fue la primera decisión de prevención de caídas que tomé en esta casa después de que ya se hubiera caído una vez, y me salió mal; recién con el andador entendí que prevenir una caída no es atornillar algo a la pared, es elegir bien qué le va a sostener el cuerpo entero.
Esa noche decidí no levantarme
Hay noches en que el cuerpo dice basta. Una de esas, después de un día largo entre changas de cerrajería y el baño de la casa hecho un lío, decidí saltearme la vuelta que hago siempre antes de acostarme, esa de asomarme un segundo a su puerta. Se movió solo en la oscuridad, buscando la salida por el lado equivocado del cuarto, y para cuando llegué ya se había golpeado el brazo contra el marco de la puerta. Nada grave, apenas un moretón, pero el susto fue todo mío. Esa desorientación que a veces le agarra apenas cae la tarde tiene su propio nombre y merece su propia entrada aparte; esa noche, para mí, fue solo otro golpe en la lista. Aprendí que el cansancio de quien cuida no perdona, y ese tema también da para un capítulo propio: justo cuando el cuerpo pide saltearse la vuelta es cuando hay que hacerla igual. Desde esa noche dejo prendido el velador de poca luz en su cuarto en vez de la luz general, así si se mueve no tengo que despertarlo de golpe encendiendo todo.
Bañarlo sin lastimarlo
Otro día de esa misma semana probé bañarlo con esponja en la cama, porque la ducha se le hace larga y fría, y usé una toallita más áspera de las que tengo separadas para la cocina, pensando que el jabón iba a rendir más. A la noche tenía la espalda toda colorada, irritada, y me asusté de nuevo. No fue nada que no se arreglara con un poco de crema y dejarlo descansar, pero aprendí que la piel de un viejo no aguanta lo mismo que aguanta una olla sucia. Ahora uso una esponja más blanda y menos jabón, aunque tarde un rato más. Pasarlo de la cama a la silla sin lastimarlo a él ni a mí la espalda es otro tema, con su técnica propia, que algún día voy a desarrollar mejor en otra entrada.
Se me pasó la pastilla de la noche
Entre la baranda floja, la piel irritada y el andador nuevo, esa semana tuve la cabeza en cualquier lado, y una noche me olvidé directamente de la pastilla que le toca antes de dormir. Me di cuenta ya con él acostado, y llamé enseguida a la guardia del médico para preguntar qué correspondía, porque eso no es algo que uno decide por cuenta propia. El pastillero azul que tengo en el estante del baño, con los casilleros marcados por día, está justo para no confiar en la memoria una noche como esa, y esa vez me lo salteé igual, de puro cansado. Tener una rutina diaria armada, con horarios fijos para todo, es lo que evita estos baches, aunque ese tema también da para su propia entrada.
A Rolando Ábalos, colega cerrajero de toda la vida en el gremio, lo llamé esa noche más para escuchar una voz conocida que por otra cosa. Me tiró una broma corta, algo de que a este paso terminaba automatizando hasta los tornillos del andador, y aunque no tenía tanta gracia me bajó un cambio.
El chirrido que llegó solo hasta la cocina
Para la cuarta semana con la altura ya bien corregida, una mañana escuché ese chirrido particular de la goma contra la baldosa acercándose solo hasta la cocina, sin mi nombre gritado antes, sin que yo tuviera que ir a buscarlo. Me quedé quieto con el mate en la mano, escuchando cómo el sonido se acercaba parejo, sin tropezones, hasta que lo vi entrar por la puerta buscando el termo. No dije nada, para no arruinar el momento con un comentario de más, pero esa mañana lo anoté en el cuaderno de la mesa de fórmica donde escribo de noche, cuando él ya duerme y la casa queda en ese silencio raro de la madrugada.
Nada de esto funciona solo por el aparato. El kinesiólogo me repite algo que el curso de Hotmart también mencionaba a su manera: si las piernas y el tronco no tienen algo de fuerza propia, el mejor andador del mercado termina arrumbado en un rincón; me lo dijo así, con esas palabras más o menos, algo de evitar la atrofia muscular moviendo lo que todavía se puede mover, en vez de dejar que el aparato haga todo solo.
Hubo una semana, la de la pastilla y la piel irritada juntas, en que pensé en serio en contratar ayuda a domicilio unas horas por semana, algo que todavía tengo pendiente de decidir.
Antes de que las piernas empezaran a fallarle, mi viejo caminaba solo hasta la Plaza San Martín los domingos, a tomar sol un rato con los diarios. Todavía no volvimos, pero con el andador bien ajustado y las rutinas más firmes, no lo veo tan lejos como hace un año. Hace poco me escribió un lector desde Santa Rosa, Valentín Sequeira, que cuida a su madre hace tres años: cuatro líneas nomás, pero con el peso justo, preguntando si valía la pena cambiar el andador de su madre o bancarla con el que ya tenían. Le contesté lo que voy aprendiendo yo en esta casa: el cambio nunca es por el aparato solo, es por lo que uno ve que el cuerpo del otro todavía puede sostener. Si me preguntan cuál es el mejor andador para un viejo en casa, la respuesta no es una marca ni una ficha técnica: es el que le deja hacer solo todo lo que todavía puede hacer solo, ni un metro menos, ni un metro de más forzado.
Charlá siempre estas cosas con el médico o el kinesiólogo que lo atiende a tu viejo; esto es solo lo que fue funcionando en esta casa de Córdoba, con estos pasillos angostos y estos errores míos. Cada viejo es un mundo, y cada casa tiene sus propias trampas.