Diario del Cuidador

Ignacio Rendón

Redacción de Diario del Cuidador

Sobre el autor

Soy cerrajero, trabajo solo, y tengo casi cincuenta años. Hace dos inviernos moví a mi padre al cuarto de al lado, cuando vivir solo dejó de ser seguro para él. Rolando Ábalos, colega del gremio acá cerca, me ayudó a mover los muebles ese sábado y fue el primero en enterarse de que el cuarto de huéspedes iba a pasar a ser el cuarto de mi viejo. Veníamos de mañanas cada vez más lentas, el bastón que terminó siendo andador, un par de caídas que por suerte lastimaron más de lo que rompieron.

No tenía formación médica de ningún tipo cuando esto empezó, ni enfermería ni kinesiología. Fue Estela Dávila, vecina de la cuadra de enfrente que trabajó de enfermera antes de jubilarse, quien me explicó la primera vez qué quería decir eso de que mi viejo tenía riesgo de caída, sin hacerme sentir que estaba rindiendo un examen de medicina. Compré un curso de cuidado de adultos mayores en casa en ese primer año y todavía abro dos de sus clases en las noches que algo se complica. El resto lo fui aprendiendo martes a martes: el chirrido de la goma del andador contra la baldosa de la cocina, el clic del pastillero a las seis de la tarde, viste, esas cosas que uno termina memorizando sin querer, y el velador de poca luz que dejo prendido bajo la puerta cuando me quedo escuchando si respira bien, todo anotado de noche en la mesa de fórmica marrón de la cocina.

Lo clínico (una reacción rara a un remedio, una caída distinta a las otras, la cabeza que de golpe no cierra) se lo llevo derecho al médico y a la kinesióloga que atienden a mi padre. El curso me da ideas para las noches largas, no un plan de tratamiento, y la posta es que trato de tener claro qué de todo esto confirmé con ellos y qué es solo mi manera de ir tirando. Soy un hijo tratando de acertar un martes a la vez, nada más que eso.

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