Diario del Cuidador

Mejores ejercicios de movilidad para ancianos sentados en sus sillas

2026.06.22
Mejores ejercicios de movilidad para ancianos sentados en sus sillas

Fue una mañana de esas bien cerradas de julio, el año pasado, cuando me cayó la ficha. Estaba preparando el mate, todavía con el frío de la calle en los dedos después de un laburo de urgencia, y lo vi al viejo. Estaba ahí, sentado en su silla de madera de siempre, estirando el brazo para alcanzar un paquete de galletitas en la punta de la mesa. Se puso rojo, le castañeteó un poco la mandíbula y se soltó con un quejido seco. La espalda no le daba más. Me miró con una bronca, pero no conmigo, sino con sus propios huesos. La silla, que antes era su lugar de descanso después de caminar hasta la plaza, se le había vuelto una jaula de madera y cuero.

Ahí entendí que el miedo me estaba jugando en contra. Por cuidarlo de que no se me desparrame en el piso, lo había dejado demasiado quieto. Pero la posta es que, si no se mueven, se oxidan como una cerradura a la intemperie. Me acordé de una de las clases de ese curso de Hotmart que compré cuando se mudó conmigo; decía clarito que el movimiento es la única medicina que no se compra en la farmacia. No hace falta que corran un maratón, viste, con que los engranajes no se traben ya estamos del otro lado. Así que agarré mi cuaderno, el que tengo al lado de la pava, y empecé a anotar lo que el viejo podía hacer ahí mismo, sin levantarse.

Aquella mañana de frío y la silla que era una jaula

Lo primero que hice fue fijarme en la silla. Yo soy cerrajero, entiendo de estructuras y palancas. No podés pedirle a un tipo de ochenta y pico que haga gimnasia en un sillón que lo traga. Busqué una silla firme, de esas viejas de comedor. La medida ideal, según dicen los que saben de ergonomía, es que el asiento esté a unos 45 centímetros del suelo. Eso permite que los pies apoyen bien planos, algo fundamental para que el viejo no sienta que se va para adelante.

Al principio, el viejo me sacaba cagando. "Dejate de joder, Ignacio, ya estoy grande para estas pavadas", me decía. Pero el olor a pomada de árnica que siempre flota en su cuarto me recordaba que le dolía hasta el alma. La sarcopenia, que es como le dicen los médicos a esa pérdida de músculo que les agarra, no perdona. Si perdés el músculo, perdés la estabilidad. Y si perdés la estabilidad, terminás en el piso. Por eso, antes de arrancar, siempre repasamos las medidas de prevención de caídas en adultos mayores para el hogar, porque la seguridad es lo primero, che.

Pantuflas viejas sobre un piso de baldosas realizando un ejercicio de levantamiento de talones.

Lo que aprendí entre mates: el movimiento no se compra en la farmacia

Hay una cosa que me quedó grabada del curso: no hay que volverse loco con los estiramientos pasivos esos de quedarse tironeando un músculo media hora. La posta, y acá es donde muchos le pifian, es que la movilidad no se trata de ser elástico, sino de ser estable. Si lo ponés a estirar de más, le podés debilitar la articulación y después, cuando se quiere parar, las rodillas le bailan. Lo que buscamos es que el músculo trabaje un poquito, que se despierte.

La OMS dice que para los mayores de 65, lo ideal es juntar entre 150 a 300 minutos semanales de actividad moderada. Parece un montón cuando lo decís así, pero si lo repartís en diez minutos a la mañana y diez a la tarde, se pasa volando. Yo no soy médico, aviso por las dudas, soy un tipo que abre puertas y cuida a su viejo. Todo lo que te cuento es lo que vi que funcionó acá, en mi cocina, con el ruido del tránsito de fondo. Siempre, pero siempre, consultá con el médico o el kinesiólogo de tu viejo antes de moverle un pelo.

Cuatro movimientos para recuperar el cuerpo desde el asiento

Después de un par de semanas de práctica, logramos armar una rutina de cuatro movimientos. Son simples, pero te juro que le cambiaron la cara al viejo. Los hacemos mientras mira el noticiero o esperamos que se haga el guiso.

Al principio, el crujido rítmico de la silla de madera vieja era lo único que se escuchaba. Parecía que se iba a desarmar él o la silla. Pero con los días, el sonido de sus articulaciones dejó de ser constante. Ya no crujía tanto, viste.

Cuaderno de notas con apuntes de ejercicios diarios sobre una mesa de cocina familiar.

La constancia y el nudo en la garganta

Hubo una tarde de lluvia en marzo, de esas que te ponen melancólico, donde me pasó algo que no me olvido más. Estábamos haciendo la rutina. Yo estaba cansado, venía de renegar con una cerradura electrónica que me dio mil vueltas, y estaba medio sin paciencia. Le pedí que levantara las rodillas. Hasta ese día, apenas si despegaba las suelas de las pantuflas del piso.

De repente, lo vi. Hizo fuerza, apretó los labios y levantó la rodilla derecha. Fueron cinco centímetros, no más que eso. Pero los levantó solo, sin ayudarse con las manos, sin tambalearse. Sentí ese nudo en mi garganta la primera vez que vi a mi padre levantar sus rodillas cinco centímetros del suelo sin ayuda. Me di cuenta de que todo el tiempo que pasé anotando cosas en el cuaderno por las noches, mientras él dormía, estaba valiendo la pena.

A veces uno piensa que por qué contratar el cuidado del adulto mayor a domicilio ayuda, y es justamente para que alguien tenga el ojo puesto en estos detalles. Yo lo hago yo mismo porque soy un cabeza dura, pero reconozco que cansa. Hay días que la paciencia se me termina antes que el mate, y le hablo mal, o lo apuro. Después me siento un estúpido. Pero ver ese progreso me devuelve las ganas.

Detalle de la rodilla de un anciano levantándose ligeramente durante un ejercicio sentado.

El cambio se nota en los detalles

Hace apenas unos días, el viejo me sorprendió. Eran cerca del mediodía y yo estaba terminando de limpiar una combinación. Lo escuché que se movía en la cocina. Cuando entré, se estaba sirviendo su propio café. No es que ahora corre maratones, ni mucho menos, pero recuperó esa autonomía mínima de no tener que pedirme todo. La rigidez de sus tobillos cedió y ya no camina con ese miedo constante de que el piso se le mueva.

La posta es que la constancia le ganó a la vejez, al menos por ahora. Ahora es él quien me pide "hacer la gimnasia" antes del almuerzo. Se sienta en su silla de 45 centímetros, apoya bien los pies y empieza. Si estás en la misma que yo, cuidando al viejo en casa, no busques soluciones mágicas. Buscá una silla firme, un cuaderno para anotar los progresos y tené paciencia. El movimiento es vida, che, aunque sea sentado en una silla de madera vieja.

A veces me olvido de lo que anoté el mes pasado, o me confundo las repeticiones, pero no importa. Lo importante es que el viejo no se quede quieto. Si un día no quiere, no lo obligo. Pero al día siguiente, volvemos a arrancar. Es la única forma de que esta etapa, que es dura para los dos, sea un poco más llevadera.