
Fue una mañana de esas bien cerradas de julio, el año pasado, cuando me cayó la ficha. Estaba preparando el mate, todavÃa con el frÃo de la calle en los dedos después de un laburo de urgencia, y lo vi al viejo. Estaba ahÃ, sentado en su silla de madera de siempre, estirando el brazo para alcanzar un paquete de galletitas en la punta de la mesa. Se puso rojo, le castañeteó un poco la mandÃbula y se soltó con un quejido seco. La espalda no le daba más. Me miró con una bronca, pero no conmigo, sino con sus propios huesos. La silla, que antes era su lugar de descanso después de caminar hasta la plaza, se le habÃa vuelto una jaula de madera y cuero.
Ahà entendà que el miedo me estaba jugando en contra. Por cuidarlo de que no se me desparrame en el piso, lo habÃa dejado demasiado quieto. Pero la posta es que, si no se mueven, se oxidan como una cerradura a la intemperie. Me acordé de una de las clases de ese curso de Hotmart que compré cuando se mudó conmigo; decÃa clarito que el movimiento es la única medicina que no se compra en la farmacia. No hace falta que corran un maratón, viste, con que los engranajes no se traben ya estamos del otro lado. Asà que agarré mi cuaderno, el que tengo al lado de la pava, y empecé a anotar lo que el viejo podÃa hacer ahà mismo, sin levantarse.
Aquella mañana de frÃo y la silla que era una jaula
Lo primero que hice fue fijarme en la silla. Yo soy cerrajero, entiendo de estructuras y palancas. No podés pedirle a un tipo de ochenta y pico que haga gimnasia en un sillón que lo traga. Busqué una silla firme, de esas viejas de comedor. La medida ideal, según dicen los que saben de ergonomÃa, es que el asiento esté a unos 45 centÃmetros del suelo. Eso permite que los pies apoyen bien planos, algo fundamental para que el viejo no sienta que se va para adelante.
Al principio, el viejo me sacaba cagando. "Dejate de joder, Ignacio, ya estoy grande para estas pavadas", me decÃa. Pero el olor a pomada de árnica que siempre flota en su cuarto me recordaba que le dolÃa hasta el alma. La sarcopenia, que es como le dicen los médicos a esa pérdida de músculo que les agarra, no perdona. Si perdés el músculo, perdés la estabilidad. Y si perdés la estabilidad, terminás en el piso. Por eso, antes de arrancar, siempre repasamos las medidas de prevención de caÃdas en adultos mayores para el hogar, porque la seguridad es lo primero, che.
Lo que aprendà entre mates: el movimiento no se compra en la farmacia
Hay una cosa que me quedó grabada del curso: no hay que volverse loco con los estiramientos pasivos esos de quedarse tironeando un músculo media hora. La posta, y acá es donde muchos le pifian, es que la movilidad no se trata de ser elástico, sino de ser estable. Si lo ponés a estirar de más, le podés debilitar la articulación y después, cuando se quiere parar, las rodillas le bailan. Lo que buscamos es que el músculo trabaje un poquito, que se despierte.
La OMS dice que para los mayores de 65, lo ideal es juntar entre 150 a 300 minutos semanales de actividad moderada. Parece un montón cuando lo decÃs asÃ, pero si lo repartÃs en diez minutos a la mañana y diez a la tarde, se pasa volando. Yo no soy médico, aviso por las dudas, soy un tipo que abre puertas y cuida a su viejo. Todo lo que te cuento es lo que vi que funcionó acá, en mi cocina, con el ruido del tránsito de fondo. Siempre, pero siempre, consultá con el médico o el kinesiólogo de tu viejo antes de moverle un pelo.
Cuatro movimientos para recuperar el cuerpo desde el asiento
Después de un par de semanas de práctica, logramos armar una rutina de cuatro movimientos. Son simples, pero te juro que le cambiaron la cara al viejo. Los hacemos mientras mira el noticiero o esperamos que se haga el guiso.
- El pedaleo de tobillos: Sentado bien derecho, tiene que levantar la punta de los pies y después los talones. Es fundamental para la dorsiflexión. Si el tobillo está rÃgido, el viejo arrastra los pies y se tropieza con cualquier alfombra.
- Extensión de rodilla: Estirar una pierna hacia adelante, mantener un segundo y bajar. Esto fortalece el cuádriceps. Necesitás entre 90 a 100 grados de flexión de rodilla para levantarte de una silla sin sufrir, asà que este ejercicio es la llave para su independencia.
- Abrazos al aire: Abrir los brazos grandes y después intentar tocarse los hombros opuestos. Le abre la caja torácica y lo ayuda a respirar mejor.
- Giro de tronco suave: Con las manos en los muslos, mirar hacia un costado y después hacia el otro. Despacito, sin tirones.
- Levantamiento de rodillas: Como si estuviera caminando sentado.
Al principio, el crujido rÃtmico de la silla de madera vieja era lo único que se escuchaba. ParecÃa que se iba a desarmar él o la silla. Pero con los dÃas, el sonido de sus articulaciones dejó de ser constante. Ya no crujÃa tanto, viste.
La constancia y el nudo en la garganta
Hubo una tarde de lluvia en marzo, de esas que te ponen melancólico, donde me pasó algo que no me olvido más. Estábamos haciendo la rutina. Yo estaba cansado, venÃa de renegar con una cerradura electrónica que me dio mil vueltas, y estaba medio sin paciencia. Le pedà que levantara las rodillas. Hasta ese dÃa, apenas si despegaba las suelas de las pantuflas del piso.
De repente, lo vi. Hizo fuerza, apretó los labios y levantó la rodilla derecha. Fueron cinco centÃmetros, no más que eso. Pero los levantó solo, sin ayudarse con las manos, sin tambalearse. Sentà ese nudo en mi garganta la primera vez que vi a mi padre levantar sus rodillas cinco centÃmetros del suelo sin ayuda. Me di cuenta de que todo el tiempo que pasé anotando cosas en el cuaderno por las noches, mientras él dormÃa, estaba valiendo la pena.
A veces uno piensa que por qué contratar el cuidado del adulto mayor a domicilio ayuda, y es justamente para que alguien tenga el ojo puesto en estos detalles. Yo lo hago yo mismo porque soy un cabeza dura, pero reconozco que cansa. Hay dÃas que la paciencia se me termina antes que el mate, y le hablo mal, o lo apuro. Después me siento un estúpido. Pero ver ese progreso me devuelve las ganas.
El cambio se nota en los detalles
Hace apenas unos dÃas, el viejo me sorprendió. Eran cerca del mediodÃa y yo estaba terminando de limpiar una combinación. Lo escuché que se movÃa en la cocina. Cuando entré, se estaba sirviendo su propio café. No es que ahora corre maratones, ni mucho menos, pero recuperó esa autonomÃa mÃnima de no tener que pedirme todo. La rigidez de sus tobillos cedió y ya no camina con ese miedo constante de que el piso se le mueva.
La posta es que la constancia le ganó a la vejez, al menos por ahora. Ahora es él quien me pide "hacer la gimnasia" antes del almuerzo. Se sienta en su silla de 45 centÃmetros, apoya bien los pies y empieza. Si estás en la misma que yo, cuidando al viejo en casa, no busques soluciones mágicas. Buscá una silla firme, un cuaderno para anotar los progresos y tené paciencia. El movimiento es vida, che, aunque sea sentado en una silla de madera vieja.
A veces me olvido de lo que anoté el mes pasado, o me confundo las repeticiones, pero no importa. Lo importante es que el viejo no se quede quieto. Si un dÃa no quiere, no lo obligo. Pero al dÃa siguiente, volvemos a arrancar. Es la única forma de que esta etapa, que es dura para los dos, sea un poco más llevadera.