Diario del Cuidador

Cómo realizar el corte de uñas en adultos mayores con pies sensibles

2026.08.16
Corte de uñas en adultos mayores con pies sensibles: cuidado de los pies y consejos de higiene geriátrica

No sabía bien si debería cortarle las uñas de los pies a mi papá con el mismo alicate que usaba para las cerraduras, o dejarlas en manos de alguien que estudió para eso. Me hice esa pregunta bastante antes de animarme, mirando los pies de mi viejo apretados contra el zapato, las uñas ya gruesas y amarillentas, como una garra. El cuidado de los pies de un adulto mayor no es el trámite de cinco minutos que uno hace después de bañarse, y con una piel tan sensible como la suya, la higiene geriátrica de todos los días termina pesando tanto en su salud como cualquier otra cosa.

La realidad de unos pies que caminaron toda una vida

Antes de esto ya habíamos pasado por otro fracaso: pensé que alcanzaba con dejarlo caminar solo con el bastón por el pasillo, hasta que se cayó dos veces en el mismo tramo y entendí que las buenas intenciones no alcanzan. Con las uñas pasó algo parecido: uno cree que sabe hasta que lo tiene enfrente. Lo que le pasaba a mi viejo tiene nombre médico, onicogrifosis, aunque a mí con decir que se le habían puesto como garra me alcanzaba para entender el problema. Un alicate común, de esos que se compran en cualquier farmacia, no hacía nada contra esa uña: al principio hice fuerza de más y sentí que en cualquier momento se la iba a arrancar entera.

Fuentón de plástico azul con agua tibia para el remojo de pies antes del corte de uñas, parte del cuidado de los pies del adulto mayor

Después está el tema de la sensibilidad. Muchos viejos van perdiendo la sensación en la punta de los dedos, algo que el médico de cabecera nombró como neuropatía cuando se lo consulté, y ahí la cosa se pone seria: él capaz no siente si el agua quema o si el alicate le está pellizcando la piel. Fue por eso que antes de tocarle un pie me puse a repasar dos lecciones de aquel curso de Hotmart que había comprado el primer año, las que hablaban justamente de higiene geriátrica y que hasta entonces había dejado sin abrir.

El remojo corto le gana al remojo largo

Todo el mundo repite lo mismo: dejale los pies en remojo un buen rato para que las uñas se ablanden. Pensé que cuanto más tiempo, mejor, hasta que el médico me sacó el error de la cabeza: si el pie queda mucho rato en el agua, la uña se pone como papel mojado, se deshilacha, y ahí es más fácil pasarse de largo y hacer un corte profundo. Peor todavía, la piel se ablanda tanto que cualquier roce del metal le puede abrir una herida que en un hombre de su edad tarda una enormidad en cerrar.

Lo que hago ahora es más corto y más simple. Uso el fuentón de plástico azul del lavadero, con agua apenas tibia, la temperatura que se siente cómoda contra el dorso de mi propia mano, ni un poquito más caliente. Lo dejo metido lo que dura un mate, no más, y con eso alcanza para que la uña ceda sin pasarse de blanda. El vapor con eucalipto subiendo mientras él tiene los pies adentro lo relaja a él y, la verdad, a mí también me baja un cambio.

Hidratar antes de cortar no es perder el tiempo

No es perder el tiempo, para nada. Me fijo que esté bien hidratado antes de arrancar, porque la piel seca se quiebra con nada. Mientras esperamos que el agua haga lo suyo, le doy un poco de agua o un té, porque ya sé que los síntomas de deshidratación en adultos mayores aparecen de la nada y le pegan directo a la elasticidad de la piel de los pies. Cuando se cumple el rato, le seco bien, sobre todo entre los dedos, porque la humedad ahí adentro es el paraíso de los hongos y bastante lío tenemos ya.

Alicate de pedicura profesional y aceite de eucalipto listos para el corte de uñas de un adulto mayor con pies sensibles

Cortar derecho: la técnica que aprendí a los golpes

Cuando llega el momento del corte saco el alicate de acero, uno de punta fina que reservo solo para esto, no el que uso para los cables. La lógica es la misma que en la cerrajería: si la herramienta no tiene filo, el que sufre es el material, y acá el material es mi viejo. Nunca hay que seguir la curva del dedo, ese es el error más común y la forma más segura de que la uña termine encarnada. Corto derecho, de lado a lado, dejando las puntas por fuera de la piel, en cortes chiquitos, nunca de un solo apretón que pueda astillarla. Es parecido a cuando tengo que limar una llave maestra: se va de a poco, escuchando el clic seco del metal en vez de apurar el trabajo. Rolando, un colega cerrajero del gremio, me vio elegirlo en la ferretería y no preguntó para qué quería un alicate de precisión que no era para cerraduras; al otro día apareció con una lima de repuesto, así nomás, sin que se la pidiera.

Un domingo me apuré porque quería terminar antes de que arrancara el partido de Belgrano — así, viste, con la cabeza puesta en otro lado —, no apoyé bien el pie sobre la toalla y casi le engancho el dedo gordo. Me temblaron las manos un buen rato después de eso. Desde ese domingo tengo clarísimo que este trabajo no se hace con la cabeza en otra cosa: se hace cuando la casa está callada y él está tranquilo, ni un minuto antes.

Después del corte, el trabajo no termina en la uña

Ya con la uña derecha, paso una lima de cartón siempre en una sola dirección, nunca yendo y viniendo como quien serrucha un tronco, porque eso solo descama el borde. Es para sacarle cualquier filo que se le pueda enganchar en la media, porque si la media se engancha él tira, y si tira se puede lastimar. Por la misma razón soy bastante quisquilloso a la hora de elegir ropa fácil de poner para ancianos, buscando medias de algodón que no le aprieten el tobillo. El andador queda esperando contra la pared, a mitad de camino entre los dos cuartos, mientras yo termino con la lima.

Al terminar le paso crema humectante, pero nunca entre los dedos, solo en el talón y el empeine. Ahí siento que se me destensan un poco los hombros cuando escucho que la respiración se le vuelve pausada. Los cambios posturales y el cuidado de la piel de los pies van de la mano, más en alguien que pasa tantas horas sentado o en la cama: una grieta chiquita en el talón puede terminar siendo un problema serio si nadie la mira a tiempo.

Pies de un adulto mayor descansando sobre un banquito tras el corte de uñas, un gesto de salud del adulto mayor

Hacerlo en casa o llevarlo a la podóloga

No tengo formación médica de ningún tipo, ni de enfermería ni de kinesiología, y esto lo digo cada vez que puedo porque me parece importante. Si la uña se pone negra, si hay pus, o si él tuviera un cuadro de diabetes más avanzado, ahí no hay alicate de cerrajero que valga: hay que llamar a una podóloga o consultarlo con el médico de cabecera, sin hacerse el héroe. Tengo el número anotado en la primera hoja del cuaderno, por si las moscas.

Un lector de Santa Rosa, Valentín Sequeira, que cuida a su madre hace tiempo, me escribió una vez contando que a él directamente no le sale: le tiemblan las manos, ella se pone tensa apenas ve el alicate, y prefiere que sea la podóloga la que se ocupe cada tanto. Y tiene toda la razón en elegir eso; la posta es que no hay una sola forma correcta de hacer esto, cada casa encuentra la suya.

Ahí es donde yo pienso la cosa como una balanza. Hacerlo en casa te ahorra el lío de sacarlo a la calle, algo que en un tipo con el equilibrio inestable ya suma riesgo de caída: subirlo al auto, la transferencia hasta el consultorio, el rato de espera en una silla que no es la suya. También le suma algo que ninguna podóloga le va a dar: la mano de un hijo, la casa conocida, el silencio de la cocina. Pero exige que vos tengas el pulso firme, la paciencia para ir despacio y la cabeza descansada, porque un cuidador reventado de cansancio no debería andar cerca de un alicate y un pie sensible. Ahí es cuando conviene la ayuda a domicilio de una podóloga, alguien que venga a la casa con las manos entrenadas para lo que vos no estudiaste.

Ese es, en el fondo, el consejo que le puedo dar a otro cuidador: decidí pie por pie. Si la uña está sana, sin infección, y llegué a ese momento con la cabeza tranquila, lo hago en casa, despacio, como parte de la misma rutina de todos los días. Si hay una señal rara en la piel o en el color, o si estoy demasiado cansado para tener el pulso firme, ahí llamo, sin darle más vueltas. Mi viejo todavía se pone mañero antes de que yo toque el alicate, como si desconfiara de las manos que también arreglan cerraduras, pero se deja hacer igual. Esta mañana escuché el chillido de las ruedas del andador entrando solo a la cocina, sin que nadie camine al lado empujándolo, y me quedé un segundo parado con la pava en el fuego, mirando cómo llegaba solo hasta la mesa. Cortarle las uñas bien, sin apuro, es una forma más de que esos pasos sigan siendo suyos.