
Esa tarde de febrero, el calor en Córdoba no te dejaba ni pensar. Me acuerdo que volví de un auxilio en la otra punta de la ciudad, con los dedos todavía oliendo a grafito y metal, y lo encontré al viejo sentado frente al ventilador de pie, ese que hace un ruido bárbaro. Tenía la mirada perdida, como si estuviera viendo una película que solo él entendía. Le hablé y me contestó una cosa que no tenía nada que ver, un balbuceo sobre una llave que se le había perdido hace veinte años. Ahí me asusté, che. Le agarré el brazo y le pellizqué apenas la piel, como explicaban en aquel curso que hice; la piel se quedó ahí, arrugada, tardando un siglo en volver a su lugar. El viejo no tenía fiebre, tenía sed, pero él no lo sabía.
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Cuando la sed se apaga: el problema de la hipodipsia
Lo que me costó entender es que a los viejos no les da sed. Suena raro, viste, porque uno asume que el cuerpo te avisa cuando te estás quedando seco. Pero resulta que con los años aparece algo que los médicos llaman hipodipsia. Es básicamente que el interruptor de la sed se les rompe. Mi viejo puede estar tres horas al sol o en un ambiente calefaccionado y no te va a pedir ni un vaso de agua. Para cuando él dice "che, tengo la boca seca", ya estamos llegando tarde.
El cuerpo humano adulto es más o menos un 60% agua, pero en ellos ese porcentaje baja. Son como una esponja que se va secando y se vuelve quebradiza. Lo que descubrí esa tarde de calor agobiante es que la confusión mental muchas veces no es que la demencia avanzó de golpe, sino que el cerebro está trabajando en seco. Esa vez, después de darle agua de a sorbitos y verlo reaccionar a la media hora, entendí que la hidratación iba a ser mi pelea diaria, tanto como las pastillas o los cambios de posición en la cama.
Señales que aprendí a mirar (aunque no sea médico)
Como no tengo formación en enfermería, me tuve que armar mi propio sistema de alertas. La libreta que tengo al lado de la pava es mi salvavidas. Ahí anoto cada vez que el viejo toma algo. Pero más allá de los números, hay cosas que se ven en el cuerpo. Aprendí a no confiarme solo en la piel, porque a los ochenta y pico la piel ya no tiene colágeno y siempre parece un poco suelta, pero si el pellizco queda ahí parado como una carpa, es mala señal.
Otras señales que me hacen saltar las alarmas son:
- La orina oscura: Si el pañal sale con un color té cargado, estamos al horno. Tiene que ser clarita. Si noto que pasó muchas horas seco, es porque el riñón está aguantando lo poco que tiene.
- La boca pastosa: A veces le pido que me hable o que abra la boca para verle las encías. Si la lengua parece de cartón, hay que hidratar ya.
- El cansancio extremo: Hay días que no se puede ni el alma. Si veo que no quiere ni usar el andador para ir al baño, sospecho de la falta de agua.
- Los ojos hundidos: Se le ponen como dos pozos oscuros. Ahí ya no espero nada, le preparo un jugo o un caldo.
A veces, cuando la desorientación es mucha, me acuerdo de lo que leí sobre el síndrome del ocaso. He notado que si no tomó suficiente líquido durante el día, los delirios de la tarde son mucho peores. No es magia, es que el cuerpo no da más.
La rutina del vaso de agua: 1.5 litros como meta
En el curso de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio que hice el año pasado, explicaban que el mínimo para un adulto mayor suele andar por los 1.5 litros de líquidos por día. Parece poco hasta que tenés que convencer a alguien que no tiene ganas de tomar nada. No sirve de nada ponerle una botella de litro y medio al lado y decirle "tomá, viejo". Se olvida, le da asco o simplemente no le sale.
Lo que me funcionó a mí fue fragmentar. Uso un vaso estándar de 250 ml, de esos de vidrio que tenemos todos en la alacena. Si logro que se tome seis de esos a lo largo del día, ya gané la batalla. Pero para lograrlo, tengo que ser pesado. Pongo alarmas en el celular. Cada vez que suena, dejo la lima o la morsa en el taller, entro a la cocina y le llevo algo. No le pregunto si quiere. Le digo: "Tomá, viejo, que está fresquito".
A veces se pone terco. Me dice que no, que ya tomó. Ahí es cuando uno tiene que respirar hondo y buscarle la vuelta. Si el agua sola le aburre, le pongo unas rodajas de limón o un chorrito de jugo. La clave es no rendirse, porque si se deshidrata y termina internado, la culpa que te queda no te la sacás con nada. Ya me pasó una vez de botchear la rutina un jueves porque tuve mucho laburo en la cerrajería y el viernes el viejo estaba que no se podía mantener en pie. No me vuelve a pasar.
Trucos cuando el agua no entra
Hay días que el viejo se cierra y no hay forma. En esos momentos, tiro de lo que aprendí en el curso y en la experiencia de estos dos inviernos. Si no quiere agua, le busco la vuelta con la comida. Las gelatinas son la posta, che. Son casi todo agua, fáciles de tragar y a él le gustan porque son dulces. También los caldos caseros, sin mucha sal para no complicar la presión.
Incluso cuando estamos con el tema de la dieta para ancianos sin dientes, trato de que todo sea bien húmedo. Purés chirles, compotas de manzana con mucho almíbar, lo que sea que sume mililitros a la cuenta final de la libreta. Todo suma para que el motor siga andando.
El desafío extra: demencia y comunicación
Acá es donde la cosa se pone peluda. Si tu viejo tiene una demencia avanzada, como el mío, el consejo de "beber cuando tengas sed" es directamente peligroso. Él perdió la capacidad de reconocer qué siente su cuerpo. Puede tener la garganta como un desierto y no saber que lo que necesita es agua. Capaz se pone agresivo o empieza a gritar y vos pensás que es por la enfermedad, pero es que tiene sed y no sabe cómo pedirlo.
He pasado noches enteras escuchando su respiración, pensando si estará bien. Cuando se deshidratan, la respiración a veces se vuelve más rápida y superficial. He aprendido a quedarme quieto en la oscuridad, escuchando ese ritmo. Si lo noto agitado, lo primero que hago a la mañana siguiente es reforzar la hidratación. Es una supervisión estricta, no queda otra. Es parte de organizar la rutina diaria para que no se nos escape nada importante.
Lo que aprendí a las malas
El primer invierno que estuvo conmigo, yo pensaba que como no hacía calor, no hacía falta tanta agua. Error de novato. El calefactor seca el ambiente y ellos se deshidratan igual o más rápido porque uno se confía. Una vuelta se me cayó al intentar levantarse de la silla. No fue un tropezón, fue que se mareó de golpe. El médico me explicó después que la deshidratación te baja la presión y te deja las piernas de trapo. Por suerte solo fue un susto y un moretón en la cadera, pero me sirvió para entender que el agua es tan importante como el pastillero semanal.
Desde entonces, no bajo la guardia. Si veo que la cosa viene difícil, consulto al kinesiólogo que viene a casa para ver si los ejercicios lo están cansando de más. Cuidar a un viejo en casa es como ser un detective: tenés que estar mirando los detalles que nadie más ve. El ruido de las pantuflas arrastrándose, el brillo de los ojos, la cantidad de veces que va al baño. Todo te da pistas.
Si sentís que estás medio perdido con todo esto, como me pasaba a mí al principio, te recomiendo que le pegues una mirada al curso de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio. A mí me dio una base para no asustarme tanto y para saber qué preguntar cuando viene el médico. No te soluciona la vida, porque la vida con un viejo a cargo es dura, pero te da herramientas para que el camino sea un poco menos empinado.
Ahora son las dos de la mañana. Ya escuché al viejo acomodarse en la cama y la respiración está tranquila, pausada. La libreta dice que hoy llegamos a los seis vasos. Mañana será otro día, otra pelea con el jarro y la cuchara, pero por hoy, el viejo está bien. Y con eso me basta para poder cerrar los ojos un rato.