Diario del Cuidador

Medidas de prevención de caídas en adultos mayores para el hogar

2026.06.06
Medidas de prevención de caídas en adultos mayores para el hogar

Fue una tarde de lluvia en marzo, de esas que te dejan el olor a tierra mojada metido en los pulmones, cuando escuché el sonido seco del bastón resbalando en el cerámico del pasillo. Estaba en el taller del fondo, con las herramientas en la mano, y el ruido me paralizó el corazón; fue un golpe que no llegó a ser caída porque mi viejo alcanzó a manotear el marco de la puerta, pero el susto me dejó la posta de que algo tenía que cambiar.

El ruido que me cambió la cabeza

Ese día entendí que mis manos de cerrajero sabían proteger la casa de extraños, de tipos que quieren entrar a lo ajeno, pero no sabían protegerla de la gravedad. La gravedad no usa ganzúa, che, simplemente espera a que un pie se arrastre un milímetro de menos. Esa misma noche, después de que mi viejo se durmiera, abrí el cuaderno junto a la pava y me puse a anotar los 'puntos ciegos' de nuestra propia casa. No tengo enfermería, ni kinesiología, ni nada de eso; soy solo un hijo que no quiere que su viejo se rompa la cadera por un descuido mío.

La posta es que, según lo que leí después de ese susto, el 30% de los mayores de 65 años se caen al menos una vez al año. Es un número que asusta, viste, porque uno cree que en su casa está seguro, pero la estadística de la OMS no miente. Mi viejo está en ese grupo, y yo soy el que tiene que achicarle el margen de error. Empecé a mirar los pisos no como algo que se limpia, sino como algo que te puede traicionar.

Manos de cerrajero revisando la firmeza de un barral de seguridad en el baño

El baño: donde la seguridad se mide en milímetros

El baño es el lugar más bravo. Es donde el jabón, el agua y la humedad se juntan para hacértela difícil. Después de ver una de las lecciones del curso de Hotmart que compré el año pasado, entendí que no servía de nada poner cualquier barral que encontrara en la ferretería. Los barrales de seguridad tienen que tener un diámetro estándar de 35 mm para que el agarre sea ergonómico; si es más fino, la mano no cierra bien; si es más grueso, se resbala.

Me pasé un sábado entero instalando esos caños. El olor a mate cocido se mezclaba con el aroma a metal de mis manos mientras revisaba que los barrales no cedieran ni un milímetro. Los tironeaba con fuerza, como si quisiera arrancar la pared, porque si mi viejo se llega a marear, ese pedazo de metal es lo único que lo separa del suelo. También puse una silla de ducha, porque el equilibrio es un lujo que se va perdiendo de a poco, y estar parado mientras te bañás es como caminar por la cuerda floja para él.

La iluminación también es clave. Hace un par de semanas puse luces con sensores en el trayecto de la pieza al baño. Antes, el viejo se despertaba a las tres de la mañana y caminaba a oscuras buscando el interruptor. Ahora, apenas pone un pie fuera de la cama, se hace la luz. Parece una pavada, pero ese segundo de duda en la oscuridad es donde ocurren las peores desgracias. Ojo, que yo no soy médico ni nada, así que siempre que le cambio algo de la rutina o le agrego un apoyo, le pregunto al kinesiólogo en la visita del mes si le parece bien.

El dilema de las alfombras: no es solo sacar por sacar

Acá es donde la teoría del curso chocó con la realidad de mi viejo. El curso decía 'elimine todas las alfombras', y yo, como un nabo, las saqué todas el primer día. ¿Qué pasó? Mi viejo se empezó a desorientar. Resulta que él usaba la textura de la alfombra del pasillo para saber cuándo estaba llegando a la puerta de la cocina. Al sacar todo, el piso era un desierto liso y sin referencias visuales ni táctiles.

Paradójicamente, eliminar todos los obstáculos puede aumentar las caídas porque les sacás los mapas mentales que ellos tienen grabados en los pies. Lo que hice fue pegar con cinta bifaz de alta resistencia los bordes de la alfombra que él más usa, esa que no quiere soltar ni loco, para que no se doble. A veces la seguridad no es limpiar el mapa, sino hacerlo más seguro. Me sentí un poco al pedo habiendo sacado todo para después volver a poner la mitad, pero bueno, se aprende sobre la marcha, viste.

Rampa de aluminio suave instalada en el umbral de una puerta para facilitar el paso

El umbral que yo mismo descuidé

Como cerrajero, uno se fija en que la puerta cierre, que la cerradura no trabe, que el pestillo esté suave. Pero nunca me había fijado en el umbral. El umbral de la puerta de entrada, que yo mismo reparé hace años para que no entrara chiflete, era el mayor obstáculo para su nuevo andador. Eran apenas dos centímetros de madera, pero para alguien que arrastra los pies, eso es el Everest.

Me llevó una tarde entera rebajar ese umbral y poner una rampa de aluminio suave. Cuando tuvimos que elegir el equipo de movilidad, me di cuenta de que cómo elegir el mejor andador para ancianos con ruedas en casa no es solo mirar el precio, sino medir los pasillos. En casa, los pasillos tienen que tener un ancho mínimo de paso de 80 cm para que el andador pase cómodo sin que el viejo se ande golpeando los codos contra los marcos.

Si el andador se traba en un marco, el viejo pierde el ritmo. Y cuando pierden el ritmo, se asustan. Y cuando se asustan, se caen. Es una cadena que tenés que cortar antes del primer eslabón. Por eso reviso cada tanto las ruedas del andador, que no tengan hilos enredados ni pelusas, porque cualquier cosa que frene el giro es un riesgo.

Luz de noche con sensor iluminando un pasillo despejado en una casa

Pequeñas victorias en la cocina

En la cocina también hice cambios. Bajé los platos y las tazas que él más usa a los estantes de abajo. Ya no quiero que ande estirando el brazo o, peor, subiéndose a un banquito. Esa es la fija para un desastre. También le compré unas pantuflas con suela de goma antideslizante. Me costó un Perú que las use porque él quería seguir con las de paño viejas que patinan como locas, pero después de que casi se va de boca un día que el piso estaba recién pasado, no protestó más.

Cuaderno de notas manuscritas sobre seguridad del hogar junto a un mate

La paz de escuchar el ritmo constante

Después de tres meses de cambios constantes, de mover muebles, de poner barrales y de renegar con los umbrales, las cosas se calmaron un poco. Esta noche, mientras escribo esto con la pava silbando bajito, siento esa rigidez en la nuca que solo se afloja cuando escucho que mi viejo se sienta seguro en su sillón después de caminar por el pasillo. Ese 'clack-clack' rítmico del andador llegando a la cocina es mi música favorita ahora.

Sé que no puedo evitar todo. La vejez es un camino que va para un solo lado y yo no tengo el mapa completo. Pero al menos sé que cada barral está firme, que los 35 mm de diámetro están ahí para cuando los necesite y que el pasillo está libre. Cuidar es un poco eso: estar atento al silencio y agradecer cuando el ruido que escuchás es el de la rutina que sigue funcionando. Si tenés dudas, che, consultá con un profesional, que yo solo soy un cerrajero que quiere tener a su viejo un rato más sentado a la mesa.