
Un cuidador familiar que además labora solo siempre cede algo: la espalda, la agenda o la cabeza. Todavía no tengo una respuesta que me cierre del todo. Lo que sí junté es una comparación concreta entre el cuidado en casa que hago yo mismo con mi viejo, que ya es un adulto mayor con lo suyo, y lo que algunos cursos llaman gerontología domiciliaria: pagar o coordinar ayuda de afuera. Ninguna de las dos es la respuesta correcta para todos.
Aviso corto antes de seguir: en algún punto de esta comparación va a aparecer el enlace a un curso que hice yo mismo sobre esto, y si te anotás ahí me queda una comisión de 63%, sin que a vos el precio te cambie ni un peso. No soy médico ni kinesiólogo, soy cerrajero: lo que sigue lo pensé casi siempre con la pava calentándose despacio en la hornalla, mientras espero a que mi viejo se duerma, contrastado con lo que me fue diciendo su médico.
¿Aguantar solo o sumar una mano de afuera?
La mayoría de las guías te hablan de cómo prevenir una caída o cómo organizar el botiquín, pero casi ninguna te sienta a pensar la decisión de fondo: seguir haciéndolo todo vos, o meter a alguien de afuera en la rutina de tu casa. Cuando salgo a caminar unas cuadras por Barrio Güemes para despejar la cabeza, me cruzo con más de un vecino en la misma disyuntiva, cada uno resolviéndola distinto según la plata, el carácter del viejo y cuánto aguante le queda al que cuida.
Las dos opciones tienen algo de cierto y algo de trampa. Por eso prefiero pesarlas una al lado de la otra, en vez de venderte una sola receta como si sirviera para toda familia que anda cuidando a un mayor en Argentina.
Ayuda a domicilio: qué es en la práctica, más allá del nombre
Ayuda a domicilio suena a un concepto de folleto, pero en los hechos es más simple: alguien entrenado entra a tu casa unas horas fijas por semana, o todos los días si el bolsillo da, para hacerse cargo de tareas puntuales (acompañar en el baño, ayudar con la comida, estar presente en la transferencia segura de la cama a la silla, ese movimiento que todavía se me traba a mí) mientras vos, la familia, seguís a cargo de las decisiones grandes. No es lo mismo que una residencia, y tampoco es necesariamente una enfermera las 24 horas, algo que en Argentina no siempre el bolsillo cubre.
Entendí varias de estas categorías gracias a un curso online, Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio, que probé cuando todavía confundía ayuda a domicilio con tener a alguien viviendo en casa. Tiene una valoración de 4.3, nada extraordinario, pero me sirvió para poner nombre a cosas que ya estaba haciendo mal a los tropezones.
Lo que se rompe cuando el cuidador familiar hace de todo
Lo primero que se rompe no es el cuerpo del viejo: es el mío. La fatiga del cuidador no avisa con un dolor puntual, avisa con que empezás a resolver todo mal y rápido, incluida la seguridad de la casa. Probé arreglos baratos, como esas alfombras antideslizantes que compré pensando que alcanzaban: con el uso se les enroscaban las puntas y terminaron siendo una trampa en vez de una ayuda.
Por esos días, Estela Dávila, la vecina que fue enfermera antes de jubilarse, me lo dijo sin vueltas: si seguía estirando la cuerda solo, el que se iba a caer era yo, no él. Ahí entendí que las medidas de prevención de caídas en adultos mayores para el hogar no son solo cuestión de plantar barras y sacar alfombras del medio, son también no llegar exhausto al momento en que hay que reaccionar rápido -- y ese margen es justo lo que la ayuda a domicilio te devuelve.
¿Por qué tantos igual eligen seguir solos en casa?
Pese a esto, muchos igual eligen no sumar a nadie de afuera, y no siempre es por plata. Hay algo en bañarlo vos mismo, en armar con tus propias manos una rutina diaria estructurada, que no se reemplaza fácil con un turno rotativo.
Lo vi clarito una tarde: mi viejo solo, con el mate en la mano, acomodado en el sillón sin que nadie lo ayudara a sentarse -- algo que meses atrás me hubiera sacado corriendo del taller, y que esa vez ni noté hasta después, cuando até cabos. Ese tipo de logro chiquito es difícil de sostener si hay un tercero rotando turnos en tu casa, y es una de las razones reales, no solo el costo, por las que tanta gente se queda con todo el peso encima.
También está el tema del atardecer: a algunos viejos el síndrome del ocaso los desorienta justo cuando cambia la luz, y ahí el que conoce cada gesto del padre sin que se lo tengan que explicar tiene una ventaja que ninguna persona nueva en la casa va a tener la primera semana. Donato Azcona, un lector de Rosario, me dejó una vez un comentario larguísimo sobre el pastillero: cuidó a su padre solo hasta el final, sin ayuda pagada, y nunca me bajó línea de que yo debería hacer lo mismo; solo contó lo suyo, que ya es bastante.
Cómo trazar la línea entre las dos opciones
Después de pesar las dos veredas, la cuenta que a mí me sirve es esta: seguí solo si tenés margen real de energía, si tu viejo todavía resuelve la mayoría de las transferencias con poca ayuda, y si lo que falta es apoyo puntual -- un andador para ancianos con ruedas bien elegido, unos ejercicios adaptados en silla para no perder movilidad, un poco más de orden en la rutina.
Sumá ayuda a domicilio cuando el cansancio te empieza a jugar en contra en tu propio trabajo, cuando las caídas se repiten a pesar de los arreglos caseros, o cuando ya no podés estar seguro de acompañar cada indicación que te da el médico de PAMI o la obra social que tengan. Ninguna decisión es para siempre, y las dos se pueden ajustar con el tiempo, según cómo venga cambiando la salud del que estás cuidando.
El curso que mencioné al principio, Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio, no me resolvió la decisión, pero me dio un vocabulario en común con la gente de afuera para el día que decida sumar ayuda: entender qué cubre exactamente la ayuda a domicilio, qué tareas delega uno y qué queda siempre en manos del médico o de enfermería.
Si estás en el punto en que ya no sabés para qué lado inclinarte, te dejo el enlace a Cuidado del Adulto Mayor por si te sirve para ordenar las ideas antes de decidir. A mí no me dio la respuesta final (esa la sigo discutiendo conmigo mismo), pero me dio un marco para pensarla con la cabeza un poco más fría.