Lo veo girar el andador para esquivar la silla de la cocina, sin cortar el paso ni un segundo, y me quedo con el mate a mitad de camino, mirándolo como si fuera otro el que cruza ese pasillo. Ya van diez semanas armando esta rutina de cuidado del adulto mayor a domicilio, pensada sobre todo para prevenir caídas y no romper a la familia en el intento, y ese giro chiquito con el andador dice más de cómo venimos que cualquier anotación en el cuaderno.
Antes de seguir, un aviso corto: en este cuaderno vas a cruzarte con algún enlace a lo poco que yo mismo usé para entender este oficio de cuidar a mi viejo. Si comprás algo por ahí me queda una comisión chica que ayuda a sostener este espacio; a vos no te cuesta ni un peso más, te lo digo por mi laburo de cerrajero, que de mentir en los precios no vivo. Lo que sigue es lo que pasó estas semanas en esta casa, ni más ni menos.
Lo que cambió en la semana diez
Esa rutina no salió de la nada. El curso de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio que compré cuando recién arrancaba con todo esto fue lo que me dio el orden que me faltaba; tiene una valoración de 4.3, aunque después me enteré de que sale de una sola reseña en la plataforma, así que tampoco lo tomo como palabra santa. Lo uso más como recordatorio que como manual: dos lecciones puntuales que releo cuando algo se tuerce de noche.
El kinesiólogo que lo ve cada tanto me comentó, la última vez que vino, que estas mejoras no son una línea derecha: hay semanas buenas y después un bajón, y que no hay que asustarse por eso. Me quedé con esa frase, la posta, más que con cualquier ejercicio que me haya explicado.
Cambiar el bastón por el andador con ruedas, solo eso, bajó bastante el número de sustos en esta casa. No hace falta un plan complicado para prevenir una caída: a veces alcanza con sostener un solo cambio en el tiempo.
La ternura sola no alcanza
Acá muchos hijos le erran, yo el primero al principio. Pensás que ocuparte de todo con amor alcanza, y no es así. Las mañanas en que dormís mal y encima tenés que bañarlo, vestirlo y armarle el desayuno, la paciencia se te termina antes del mediodía, y ahí no hay cariño que aguante solo.
Una de las cosas que más nos cambió la mañana fue algo chico: leer sobre cómo elegir ropa fácil de poner para ancianos con movilidad reducida y sacar los botones difíciles de la ecuación. Menos pelea de mañana, más tiempo para el primer mate tranquilos los dos.
El miedo se instala en la cocina
Hay un miedo que no se nota si no lo viviste: ese segundo de más cuando el viejo tarda en contestar desde su cuarto. Me quedo con la cuchara en la mano, esperando el ruidito del andador o la tos, lo que sea que me diga que todo sigue en pie.
Con el curso de cuidado del adulto mayor entendí que ese miedo no se va solo con voluntad, hace falta un plan, y también hace falta cuidar al que cuida: el desgaste de estar siempre alerta te termina pasando factura a vos también, no solo al viejo. Igual, todo lo que aprendí ahí lo paso por el filtro del geriatra: si él dice que no, no, por más que el curso diga otra cosa.
Cuando el jueves se te viene abajo
El jueves pasado fue de esos días. El viejo amaneció cruzado, no quería bañarse, no quería levantarse, y por un rato no se acordaba para qué servía el andador. Un vecino de la cuadra se pasa las tardes en el huerto que tiene en el fondo de su casa; yo esa tarde no llegué ni a regar una maceta.
En vez de forzarlo, lo dejé un rato tranquilo y me fui a limpiar unas cerraduras al galpón para bajar un cambio. Capaz por eso, en un momento de esa tarde, le levanté la voz sin querer, cosa que no me enorgullece pero tampoco voy a hacer drama por eso. Volví más tarde, le puse una radio de fondo, y recién ahí se dejó llevar al baño.
Meses atrás el médico le había recetado unas pastillas para dormir que, en vez de ayudar, lo dejaban aturdido todo el día siguiente, así que ya sé que no toda receta rinde igual en cada casa, y que hay que animarse a probar de nuevo cuando algo no funciona.
Antes caminábamos los domingos por la Cañada, despacio, parando en cada banco que encontrábamos. Ahora el domingo es otra cosa, más lento todavía, pero no lo cambio por nada.
Por eso digo que conviene saber cuándo contratar un servicio de cuidado de ancianos a domicilio, o al menos formarse un poco uno mismo, para no terminar siendo el verdugo de tu propio padre en un mal jueves.
Prevención de caídas: lo que no te avisan
Yo pensaba que sacando las alfombras del medio ya estaba resuelto, y no. Es la luz del pasillo de noche, es el calzado, es cómo lo agarrás para que se pare de la cama sin que los dos terminen en el piso. Una vez casi me rompo la espalda tratando de subirlo al auto, y ahí entendí que hay una forma de mover el cuerpo que no es la que uno usa por instinto.
La barra que atornillé al lado del inodoro es lo único que uso todos los días sin pensarlo dos veces; la alfombra antideslizante que compré después, en cambio, se enroscaba en las patas del andador y terminó siendo más peligro que ayuda, así que la devolví apenas pude.
Con el tema de la piel pasa algo parecido: mejor adelantarte. Nosotros empezamos a mirar cómo prevenir llagas en adultos mayores con movilidad reducida desde casa antes de que hiciera falta, no cuando ya era un problema.
El valor de una noche tranquila
Falta poco para que amanezca del todo y el viejo se volvió a dormir después de ir al baño. Escucho la respiración pausada desde la cocina. No es una ciencia exacta esto, che: un día sale todo redondo y al otro parece terremoto. Pero tener un mapa ayuda, aunque sea un mapa a medias.
El perfume dulzón de la crema se me pega en los dedos cada vez que lo ayudo a lavarse con la esponja, y para el mediodía todavía lo siento cuando agarro el mate.
Ese servicio de cuidado del adulto mayor a domicilio, sea un curso, alguien que venga a ayudar unas horas por semana o lo que consigas armar en tu casa, no es solamente que otro le dé de comer. Es que vos, como familia, tengas con qué sostenerte sin perder quién sos.
Yo sigo siendo Ignacio, el cerrajero de la zona sur, no nada más "el que cuida al viejo", y esa distinción me importa más de lo que pensaba al principio.
Si estás en esto, mi consejo de hijo a hijo es que no te cierres: pedí una mano, leé, hablá con los médicos, sumate a algún curso si te sirve el orden que da. No hay ninguna culpa en necesitar ayuda. Lo que el viejo necesita, al final, es un hijo que lo quiera con las pilas puestas, no uno quemado que ya ni lo puede mirar a la cara del cansancio que tiene encima.
Mañana va a hacer falta poner la pava otra vez y arrancar con todo de nuevo, pero ahora tengo algo parecido a un plan, y eso alcanza para dormir un par de horas seguidas sin soñar con ambulancias. Si andás perdido con esto, date una vuelta por las herramientas que hay dando vueltas por ahí; no estás solo, aunque el silencio de la madrugada te diga lo contrario.
Si querés empezar a ordenar el quilombo que tenés en casa, te recomiendo el programa de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio. A mí me sirvió sobre todo para la medicación y las rutinas, para no volverme loco con tantas cosas sueltas dando vueltas en la cabeza. Es un camino largo, pero con las herramientas justas pesa un poco menos.