Diario del Cuidador

Cómo prevenir llagas en adultos mayores con movilidad reducida desde casa

2026.07.24
Prevención de escaras en adultos mayores con movilidad reducida: cuidado de la piel en casa

Una cerradura avisa antes de trabarse del todo, con un crujido o una llave que de golpe cuesta más girar; la piel de un adulto mayor con movilidad reducida avisa con una mancha roja que se queda ahí, fija, sin irse. Esa comparación no es un capricho de cerrajero: es la idea central de todo lo que sigue, porque la prevención de escaras no arranca con una crema cara ni con un aparato último modelo, arranca con aprender a leer ese aviso a tiempo.

Desde que empecé a contar acá cómo llevo el cuidado del adulto mayor en mi casa, me escriben bastante seguido con dudas puntuales sobre la piel, y son casi siempre las mismas cinco o seis preguntas. Las voy a responder derecho, como se las contestaría a un cuidador familiar que me cruza en la vereda, sin vueltas y sin inventar nada que no haya probado yo mismo con mi viejo.

Cómo distinguir una mancha normal de un aviso de que se viene una llaga

La primera señal que aprendí a mirar es simple: le paso el dedo despacio sobre la mancha y me fijo si el color afloja. Si al sacar el dedo sigue del mismo rojo firme, sin aclararse ni un poco, ahí freno todo y no lo dejo pasar. Los médicos llaman eritema no blanqueante a esa marca que no cede, pero yo lo pienso con mis propias palabras: es la piel avisando que en ese punto el peso del cuerpo estuvo pisando fuerte y hace rato.

Esa mancha en el talón de mi viejo fue la que me hizo tomar todo esto en serio, una noche de verano mientras lo ayudaba a ponerse el pijama y le vi el pie más rojo de lo normal. No hace falta un aparato ni un curso carísimo para hacer este chequeo: alcanza con la mano y con acostumbrarse a mirar siempre los mismos lugares, talones, cadera, omóplatos, cualquier zona donde el hueso queda cerca de la piel y el colchón o la silla hacen presión pareja.

Revisión de la piel del talón para prevenir escaras en un adulto mayor con movilidad reducida

Cambiar de posición cada dos horas, criterio que se ajusta a la situación

Lo que dicen los manuales y lo que repiten en las charlas de kinesiología es que el intervalo recomendado son dos horas, y durante un tiempo lo seguí a rajatabla, con alarma en el celular y todo, como si estuviera cronometrando una caja fuerte. El problema es que a los pocos días la piel de la cadera se le empezó a poner más colorada que antes, no menos, y ahí entendí que moverlo tan seguido también tiene su costo.

Mi respuesta corta es que el reloj sirve de referencia, pero no de ley. Si a las tres horas la piel sigue clara y él está cómodo, lo dejo un rato más. Si a la hora ya veo que se le pone roja una zona, acorto el tiempo aunque el cronómetro diga que faltan cuarenta minutos. El criterio no es el número, es cómo está la piel en ese momento, y eso solo se aprende mirando seguido, no leyendo una tabla.

El agua de adentro pesa más que la crema de afuera

Durante bastante tiempo pensé que alcanzaba con ponerle una buena crema después del baño de esponja, de esas espesas que se usan para el ordeñe, y me olvidaba del agua. Un domingo, mientras tomábamos unos mates, me puse firme con el tema y empecé a insistirle con un vaso extra por la tarde, porque la piel seca y sin elasticidad se quiebra mucho más fácil, aunque le pongas la mejor crema del mercado.

El agua ayuda más de lo que parece, y no soy el único que lo dice: los síntomas de deshidratación en adultos mayores se confunden fácil con el cansancio normal de la edad, y ahí es donde el cuerpo empieza a fallar en varios frentes a la vez, no solo en la piel. Hace poco lo vi estirar la mano y agarrar el vaso de agua sin mirar dónde lo tenía, como hacía antes de que la mano empezara a fallarle un poco, y ese gesto tan chico me dijo más que cualquier anotación del cuaderno.

También dejé el talco, que él pedía porque decía que lo mantenía seco. Reseca la piel y tapa los poros, así que lo cambiamos por la misma crema espesa de siempre, la que compro en la farmacia de Alta Córdoba, donde ya me tienen fichado y me la alcanzan apenas entro.

Crema hidratante y vaso de agua para el cuidado de la piel de un adulto mayor en casa

Trucos de cerrajero para la salud de la piel en la cama

Para moverlo en la cama sin lastimarlo aprendí a usar lo que llamo la sábana de movimiento: una sábana doblada al medio, puesta debajo de la espalda y la cadera, que agarro de los dos lados para deslizarlo en vez de tironear de sus brazos o piernas. Es la misma lógica que uso con una caja fuerte pesada en el taller: si bajás el roce, protegés la superficie, y acá la superficie es la piel de mi viejo.

Sumo una almohada entre las rodillas cuando está de costado, para que no se golpeen los huesos entre sí, y trato de que la sábana quede bien estirada, porque hasta una arruga chica hace de piedra en el zapato para alguien que no se puede acomodar solo. Si transpira de más o si algo lo humedece, lo cambio enseguida, porque la piel mojada se ablanda y queda mucho más expuesta. Esto es distinto de la transferencia de la cama a la silla, que tiene su propia técnica y su propio cuidado, y no es el tema de hoy.

Qué hacer si se pasa el día entero sentado sin moverse

Cuando llegó el frío, mi viejo empezó a pasar de moverse con el andador entre la cocina y el living a quedarse casi toda la tarde en el sillón, frente a la tele. Ahí el riesgo cambia de forma: el peso deja de repartirse y se concentra siempre en los mismos puntos, así que la pregunta que más me hacen es qué hacer cuando alguien ya no camina tanto como antes.

Probé de todo. Le puse alfombras antideslizantes baratas en el pasillo para que se animara a caminar más seguido sin miedo a resbalar, y terminaron siendo un desastre: se enroscaban en las puntas y se volvían una trampa peor que el piso liso que querían tapar. Las saqué a la semana. Lo que sí funcionó fue algo mucho más simple, cambiarlo de postura en el sillón cada tanto y sumar algún movimiento de brazos y piernas sentado, ejercicios adaptados a la silla que no necesitan que se levante para servir de algo.

El andador con ruedas sigue siendo su forma más segura de moverse cuando tiene ganas, aunque de cómo elegir uno ya escribí en otro lado y no me voy a repetir acá. Lo mismo con la prevención de caídas en general, que merece su propio capítulo aparte. Lo que sí puedo decir de la piel es esto: cualquier cosa que lo haga moverse un poco más, aunque sea cambiar de postura en el mismo sillón, ya está jugando a favor.

Anotar la piel como quien anota el desgaste de una llave

Anoto en el cuaderno de la cocina la hora, el lado en que lo dejé, cómo encontré la piel, si tomó agua, y eso es lo que me mantiene cuerdo con todo esto. Antes de armar esta costumbre estuve viendo cómo organizar una rutina diaria para adultos mayores en casa, y la parte de la piel terminó siendo un renglón más dentro de esa rutina, no una tarea aparte.

Un lector de Rosario, Donato Azcona, dejó hace un tiempo un comentario largo acá sobre el tema del pastillero, y entre líneas decía algo que se me quedó grabado: que el cansancio de cuidar no hay que dorarlo, que está bien reconocer que pesa sin hacer un drama ni tampoco disimularlo. Tiene razón, y esto conecta directo con la piel: cuando uno llega molido del trabajo, la revisión de la noche es la primera que se salta, y ahí es donde la fatiga del cuidador termina pesando también en el cuerpo del otro.

Cuaderno de control de rotación de posición, parte del cuidado diario de un cuidador familiar

Cuándo recurrir a alguien con más experiencia

Cuando tengo dudas de verdad, mi primera llamada no es al médico de cabecera sino a Estela Dávila, una vecina enfermera jubilada que vive cerca de casa. Ella tiene un don raro para distinguir cuándo la cosa es urgente y cuándo es solo mi miedo hablando, y esa diferencia me ahorró más de una carrera innecesaria.

Si después de hablar con ella la mancha sigue igual al otro día, o si se abre aunque sea un poquito, ahí sí llamo al médico sin esperar más. También pienso, cada tanto, en cuándo contratar un servicio de cuidado de ancianos a domicilio para los días en que no doy abasto, aunque por ahora seguimos llevándolo entre el cuaderno y yo. Eso sí, la desorientación que le agarra a algunos viejos con la caída del sol es otro problema distinto, que no tiene nada que ver con la piel y que ya toqué en otro texto.

Lo que aprendo mirando en vez de midiendo

Hoy el talón de mi viejo está sano, pero la vigilancia no se termina nunca, y esa es quizás la única verdad que me animo a dejar bien firme en todo esto. Cuidar la piel de alguien con movilidad reducida se parece a mantener una cerradura: si no revisás el roce a tiempo, un día el mecanismo se traba y ya no hay maña que lo abra fácil.

No soy enfermero ni geriatra, solo un hijo que aprendió a fuerza de mirar. Si tenés a alguien mayor a cargo, no te fíes del "parece que está bien": arremangate, mirá los talones, la cadera, la espalda, y metele agua y crema con constancia. Y si algo no te cierra, no te hagas el héroe, buscá a alguien que sepa más que vos, sea un vecino con oficio o el médico de cabecera.