Diario del Cuidador

Cómo prevenir llagas en adultos mayores con movilidad reducida desde casa

2026.07.24
Cómo prevenir llagas en adultos mayores con movilidad reducida desde casa

Fue una noche a finales del verano pasado, mientras ayudaba a mi viejo a ponerse el pijama, cuando noté esa mancha roja en su talón. No era un raspón de esos que se hace uno al pasar, era algo distinto, un color que no me gustó nada. Le pasé el dedo suavecito, pensando que capaz era una pelusa de la media o alguna marca de la sábana, pero el color no se iba. Se quedaba ahí, firme. El miedo me cerró el pecho de golpe, viste, porque recordé de inmediato la lección tres de ese curso de Hotmart que hice el año pasado sobre 'puntos de presión'. En el video decían que si la marca no desaparece, es que la piel ya está sufriendo.

Esa mancha era lo que los médicos llaman un eritema no blanqueante, que es básicamente el primer aviso de que se viene una llaga. Yo de medicina no sé un pomo, che; soy cerrajero, mi laburo es lidiar con bronces, resortes y tambores trabados. Pero esa noche entendí que la piel de mi viejo era como una cerradura vieja que se está por clavar: si no hacés algo justo en ese momento, después no la abrís con nada. Pasé la noche en vela, escuchando su respiración desde la otra pieza y pensando que por un descuido mío el viejo podía terminar internado.

El cambio de ritmo: del andador al sillón

Durante las primeras semanas de frío, la cosa se puso más difícil. Mi viejo pasó de usar el andador para ir y volver de la cocina a quedarse casi todo el día en el sillón frente a la tele. Yo andaba a las corridas con un par de laburos afuera y no me di cuenta de que su inactividad era un reloj de arena en contra de su piel. Cuando uno se mueve poco, el peso del cuerpo siempre cae en los mismos lugares: los talones, el sacro, las escápulas. Es física pura, como cuando una puerta pesada termina venciendo las bisagras porque siempre está cerrada en la misma posición.

Lo que me enseñó el curso es que hay una forma de medir este riesgo, algo que llaman la Escala de Braden. Va de los 6 a los 23 puntos. Cuanto más bajo el número, más frito estás. Yo me puse a puntear al viejo en el cuaderno de la cocina y me dio que estábamos en el límite. Ahí me cayó la ficha de que no bastaba con que comiera bien o tomara sus pastillas a las seis de la tarde. Tenía que cuidar su envoltorio, porque una vez que la piel se rompe, entrar en el terreno de las escaras es un viaje de ida que nadie quiere hacer en casa.

Primer plano de una mano revisando una mancha roja en el talón de un anciano.

La trampa de las dos horas y el peligro de la fricción

Acá es donde la teoría choca con la realidad del día a día. Los manuales te dicen que el intervalo de rotación recomendado es de 2 horas. Clavadas. Yo al principio me puse un cronómetro en el celular, como si fuera a abrir una caja fuerte con tiempo. Pero después de unos diez días de rotaciones estrictas, noté que la piel de la cadera se le estaba poniendo escamosa y más colorada que antes. Fue un balde de agua fría. ¿Cómo podía ser que cuidándolo más estuviera peor?

Ahí me di cuenta de algo que no te dicen los folletos médicos: cambiarlo de posición cada dos horas puede ser contraproducente si se ignora la tolerancia de la piel de cada uno. Mi viejo tiene la piel como un papel de fumar, de esas que si las mirás fuerte se rompen. Al moverlo tan seguido, por más que yo tratara de hacerlo con cuidado, le generaba microlesiones por fricción. El roce de la sábana, por más estirada que esté, termina funcionando como una lija si la piel está muy seca o si el movimiento es brusco. Aprendí que a veces es mejor dejarlo un ratito más si está cómodo y la piel no está caliente, en lugar de tironearlo solo porque el reloj dio la hora.

Empecé a usar el cuaderno de la cocina no solo para los remedios, sino para anotar cada vez que lo movía y, sobre todo, cómo encontraba la piel en ese momento. Si veía que en una posición aguantaba bien tres horas sin ponerse colorado, lo dejaba. La posta es que cada cuerpo es un mundo y uno, como cuidador, tiene que aprender a leer la piel de su viejo como yo leo el desgaste de una llave. No soy enfermero, soy un hijo que se da maña, y por eso siempre digo que hay que consultar al médico de cabecera si uno ve que la mancha no afloja, porque yo hablo desde mi experiencia en el pasillo de casa, nada más.

El agua por dentro y la crema por fuera

Una tarde de domingo el mes pasado, mientras tomábamos unos mates (él con bizcochitos de grasa, aunque el médico le dice que no), me puse firme con el tema del agua. Descubrí que la hidratación por fuera con esa crema de ordeñe que le pongo no sirve de nada si el tipo está seco por dentro. La piel sin agua pierde elasticidad, y una piel sin elasticidad se quiebra a la primera de cambio. Tuve que pelear con él para que aceptara el medio litro extra de agua por la tarde. "Che, viejo, tomá un poco más, no seas testarudo", le decía mientras escuchaba la pava silbar en la cocina.

El tema del agua es clave, porque los síntomas de deshidratación en adultos mayores a veces se confunden con el cansancio normal de la edad. Si no está bien hidratado, las células de la piel están como pasas de uva, y ahí es donde las úlceras por presión hacen un festín. También me saqué de la cabeza la idea de usar talco. Mi viejo quería talco porque decía que lo mantenía seco, pero el curso me había grabado a fuego que el talco reseca y tapa los poros, favoreciendo las grietas. Así que lo cambiamos por una buena crema hidratante, de esas espesas, que le paso después del baño de esponja.

Crema hidratante y vaso de agua en una mesada de cocina cordobesa.

Pequeños trucos de cerrajero para la cama

Para evitar que se me lastime cuando lo muevo, aprendí a usar una "sábana de movimiento". Es básicamente una sábana doblada a la mitad que pongo debajo de su espalda y cadera. En vez de tironear de sus brazos o de sus piernas, agarro la sábana de los dos lados y lo deslizo. Es una cuestión de palanca y rozamiento, lo mismo que aplico cuando tengo que mover una caja fuerte en el taller. Si reducís la fricción, protegés la superficie. Es así de simple y así de difícil a la vez.

El cuaderno y la rutina: lo que me mantiene cuerdo

Hace unos meses, cuando todavía estaba viendo cómo organizar una rutina diaria para adultos mayores en casa, me sentía desbordado. Pensaba que cuidar la piel era algo que se hacía una vez al día y listo. Pero no, es un laburo de 24 horas. El cuaderno es mi salvación. Anoto: "11:00 - Lado izquierdo. Piel bien. Tomó dos vasos de agua". El olor a crema de ordeñe mezclado con el vapor de la pava silbando en la cocina mientras anoto la rotación de las 11 se volvió parte del paisaje de mi casa.

A veces, cuando el laburo en la cerrajería se pone pesado y llego molido, me dan ganas de saltarme una revisión. Pero después me acuerdo del nudo en la garganta que sentí al ver esa mancha roja y se me pasa la flojera. Sé que si me descuido un par de días, el viejo termina en una guardia. A veces uno se cansa de ser el que siempre está atento y piensa en cuándo contratar un servicio de cuidado de ancianos a domicilio, pero por ahora, mientras mis manos aguanten y el cuaderno tenga hojas, lo vamos piloteando nosotros.

Cuaderno de anotaciones con horarios de rotación y una llave de cerrajero al lado.

Mantener el mecanismo funcionando

Hoy el talón de mi viejo está sano. Esa mancha roja quedó en el recuerdo, pero la vigilancia no se termina nunca. Entendí que cuidar la piel de mi viejo es como mantener una cerradura: si no aceitás el mecanismo y revisás el roce a tiempo, un día simplemente se traba y no abre más. No se trata de hacer fuerza, se trata de tener maña y constancia.

No soy ningún experto, ya te lo dije. Soy un tipo que mete la pata, que a veces pierde la paciencia cuando el viejo se pone mañero con la comida, y que todavía consulta las lecciones del curso cuando ve algo raro. Pero la posta es que nadie va a mirar la piel de mi viejo con el detalle que la miro yo. Si tenés a alguien mayor a cargo, no te fíes del "parece que está bien". Arremangate, revisá los talones, la espalda, y metele mucha agua y mucha crema. Y si tenés dudas, no te hagás el héroe: llamá al médico. Cuidar a un viejo es una maratón, no una carrera de cien metros, y lo más importante es que la piel aguante hasta el final del camino.