
Antes, mi viejo se cruzaba entero el Parque Sarmiento sin parar a tomar aire; ahora, el tramo corto entre la cama y el inodoro se le había vuelto la caminata más larga y más peligrosa del día. Esa diferencia, lo que podía afuera contra lo que le costaba adentro en su propia casa, fue la que me hizo mirar el baño con otros ojos, los de cerrajero, buscando dónde estaba fallando la seguridad de un lugar que él conocía de memoria.
Soy cerrajero, y me paso la vida instalando cerraduras para que no entre nadie de afuera. Pero un baño estándar, con los azulejos brillosos y nada de dónde agarrarse, es una trampa para alguien de la edad de mi viejo, y esa trampa ya estaba adentro de casa antes de que yo la viera. En los dos años que lleva viviendo conmigo aprendí a mirar el resto de la casa con la misma desconfianza con la que reviso un cilindro pinchado: buscando la falla antes de que la encuentre él, de la peor manera.
Antes de tocar un solo azulejo probamos por el lado de la farmacia. El médico le recetó unas pastillas para dormir mejor, pensando que si dormía más profundo se iba a levantar menos veces de noche. Lo que consiguieron fue dejarlo aturdido buena parte del día siguiente, más lento y más para el arrastre que antes, así que las dejamos y volvimos a pensar el problema desde la casa, no desde el cuerpo. A veces, además, se despertaba más perdido de noche que de día — algunos le dicen síndrome del ocaso — pero de esa parte no soy quien para explicar el porqué; ahí escucho al médico y nada más.
Un baño liso es una trampa, no un lugar seguro
Lo primero que revisé fue el paso de la puerta. Un cerrajero sin cinta métrica no sirve para nada, así que medí antes de mover un tornillo. Esta casa es vieja y las puertas son anchas, cosa que agradecí, porque si la tuya es angosta a veces alcanza con cambiar las bisagras por unas de vaivén, o sacar el marco, para ganar esos centímetros que después se traducen en que el andador entre sin ir chocando los codos contra el marco cada vez que gira. No es solo pensar en una silla de ruedas para más adelante; es que él pase con el andador sin trabarse, que eso lo pone de mal humor toda la mañana.
Después me puse con la luz. Mi viejo se levanta un par de veces por noche y camina medio a tientas, y ahí es donde más miedo le tengo a una caída. Puse unas luces LED con sensor de movimiento, pegadas con cinta doble faz, que casi no gastan y se prenden solas apenas pisa el pasillo. Es una pavada chica, pero cambia cómo duermo yo también, saber que no va a andar manoteando la pared buscando el interruptor en la oscuridad. Hace un tiempo escribí más en detalle sobre las Medidas de prevención de caídas en adultos mayores para el hogar, y ahí quedó el resto de lo que fuimos cambiando en las otras piezas de la casa.
Instalar los barrales sin errar la altura
Acá entró de lleno mi oficio. Elegí barrales de acero inoxidable de verdad, de los que no se pican ni se aflojan con la humedad del baño, nada de caños pintados que a los pocos meses largan óxido por la unión. Aguantan bien el peso de un hombre apoyándose con todas sus ganas, que es justo lo que hace mi viejo cuando se levanta, aunque esté flaco.
Hubo una tarde de calor pesado, ya entrado noviembre, en la que estuve horas agujereando el azulejo con una mecha de copa para no rajar nada alrededor. El polvillo blanco se me pegaba a los dedos callosos mientras ajustaba el último tornillo, y pensé que llevo toda la vida poniendo cerraduras para que no entre nadie de afuera, pero esa barra era lo primero que instalaba para protegerlo de algo de adentro: su propio cuerpo, que ya no le respondía como antes. Puse una al lado del inodoro y otra larga en la ducha, y no las ubiqué a ojo — le pedí que se sentara y me marcara con el brazo dónde le quedaba cómodo alcanzarla. Ergonomía, en esta casa, es simplemente que el viejo no tenga que hacer malabares para sostenerse.
El inodoro necesitaba más altura
Otro problema era el inodoro, bajo como los de antes. Para él, sentarse era como tirarse a un pozo, y levantarse de nuevo, una sesión de gimnasia que lo dejaba resoplando. Lo que más nos sirvió, y lo más barato de toda la lista, fue un elevador de plástico reforzado para el asiento. Le devolvió algo que no esperaba que un pedazo de plástico le devolviera: no tener que pedirme una mano cada vez que necesitaba levantarse. La cara de alivio que pone ahora, sentado y después parado solo, no tiene con qué pagarse.
La ducha, la zona que más miedo le daba
Con el correr de las semanas me fui dando cuenta de que la ducha era, de lejos, lo que más le costaba. Entrar a la bañera era, para él, un momento de pelea con el propio cuerpo. Cambiamos eso por una silla de baño de verdad, con patas de goma antideslizante y agujeros para que escurra el agua — nada de resolverlo con una silla de plástico de jardín, que se raja al primer apoyo fuerte. En el piso de la ducha pegué cintas antideslizantes rugosas, después de limpiar bien con alcohol para que no se despeguen con el vapor.
El curso de Hotmart que compré el año que se vino a vivir conmigo sugería sacar la bañera entera y hacer una ducha a nivel de piso, pero en esta casa la plata no da para una obra así, y con la silla y los barrales el miedo bajó igual. Hay días, sobre todo en pleno invierno, en que prefiere que lo ayude más de cerca en vez de bañarse solo, y ahí aplico lo que aprendí sobre los Pasos para el baño de esponja adulto mayor sin esfuerzo, que en el fondo es una forma de transferencia segura sin que él sienta que perdió del todo su intimidad.
Cuando demasiado apoyo también hace daño
Ahí es donde mi manera de ver las cosas empezó a chocar un poco con lo que decía el curso. Ahí insistían con llenar la casa de apoyos, pero mirando a mi viejo entendí otra cosa: si le ponés una barra para cada movimiento, deja de usar los músculos que todavía le responden. Lo vi agarrarse del barral hasta para lavarse los dientes, cuando antes se sostenía solo sin problema, y ahí decidí no poner uno que tenía pensado al lado del lavatorio — mejor que siguiera haciendo ese tramo por su cuenta, aunque tardara un poco más.
No soy médico ni kinesiólogo, soy cerrajero, pero lo veo todos los días y sé que si le servís todo en bandeja, se apaga más rápido. El kinesiólogo que lo ve de tanto en tanto le arma ejercicios que puede hacer sentado, para que las piernas no se le duerman del todo, y eso lo hacemos mientras miramos la tele a la tarde. Hablá siempre con el médico antes de sacarle un apoyo o cambiarle la rutina a tu viejo, pero el sentido común también cuenta.
El cuaderno junto a la pava
Hoy el baño sigue siendo el baño de la casa, no un cuarto de hospital, pero con detalles que nos dan paz a los dos. Ya no salto de la silla de la cocina cada vez que escucho la canilla abrirse. Lo que gastamos entre barrales, elevador y cintas fue mucho menos de lo que sale cualquier reforma con albañil, más parecido a un arreglo de embrague que a una obra de baño.
Hubo una madrugada, ya para la quinta semana con todo instalado, en que noté que no se había escuchado un solo ruido raro desde que lo dejé acostado la noche anterior, a eso de las diez. Ni un paso arrastrado, ni un quejido, nada. Esa clase de silencio, antes, me hubiera puesto nervioso; esa noche fue al revés, me dejó tranquilo, y anoté en el cuaderno nomás: entró y salió del baño solo, no hubo quejidos.
Un vecino que se pasa las tardes metido en el huerto del fondo de su casa me paró en la vereda hace poco y me preguntó cómo habíamos resuelto lo del baño, porque a su padre también se le está complicando caminar. Le conté lo mismo que cuento acá: empezá por lo básico, luz, un barral bien firme y un elevador, y andá viendo el resto sobre la marcha, que no hace falta reformar la casa entera de un saque.
Todavía no llegamos al punto de necesitar ayuda a domicilio para el día a día, aunque sé que ese día puede llegar y no lo tengo descartado. Tener una rutina armada ayuda mientras tanto, y el paso por el baño de la mañana ya es una parte fija de esa rutina, algo que no se negocia aunque el resto del día se desarme. Cuidar a un viejo en casa es un laburo de hormiga, y hay tardes en que uno se vacía. Yo mismo tuve que aprender cómo manejar el estrés del cuidador para no terminar tirando el andador por la ventana, aunque las ganas no me faltaron alguna vez.
Si algo aprendí con el baño es que no hace falta reformar todo de entrada: alcanza con resolver primero lo que más miedo da, ver cómo responde él, y recién ahí seguir con lo demás. Un barral bien puesto capaz vale más que diez cambios a medias. El click del barral cuando se apoya ya me suena tan lindo como una cerradura que abre suave, sin trabarse, y mientras el baño siga siendo un lugar seguro y no una trampa, esta casa sigue siendo, para los dos, un refugio.