
Son las cuatro y pico de la mañana acá en Córdoba. El silencio en el barrio es total, salvo por el ruidito de la pava eléctrica que acaba de cortar. Estoy sentado en la mesa de la cocina, con el cuaderno de notas al lado del mate, tratando de que no me gane el cansancio que me pesa más que la caja de herramientas. Hace unos diez meses que mi viejo se instaló en la pieza del fondo y, la verdad, nadie te explica lo que se te viene encima cuando te convertís en el enfermero de tu propio padre sin haber tocado un termómetro en tu vida.
En este diario vas a cruzarte con algún enlace de afiliado. Si por ahí alguien se anota en un curso pasando por uno de ellos, a mí me queda una comisión y a vos no te sale ni un peso más. Solo pongo material que de verdad pasó por mi casa mientras cuidaba a mi viejo. La política de transparencia entera está en su propia página. Che, aclaro de entrada: yo soy cerrajero, no médico ni kinesiólogo. Lo que escribo acá es lo que aprendí a los ponchazos. Si la cosa se pone fea, llamá al geriatra, no me hagas caso a mí.
El peso de lo que no se ve: la rutina del cuidador
Cuidar a un viejo no es solo darle las pastillas. Es el nudo seco que se me forma en la garganta cada vez que escucho un ruido metálico fuerte en su habitación durante la noche. ¿Se cayó? ¿Fue el andador? Me quedo petrificado, escuchando su respiración a través de la pared. Mi oficio me enseñó a arreglar cerraduras trabadas, pero no hay ganzúa que valga para destrabar la fragilidad de un padre que, desde que pasó la barrera de los 65 años —la edad en que se jubiló por la Ley 24.241—, parece que se fuera desarmando de a poco.
El estrés no te avisa. Se te mete en el cuerpo. A veces miro mis manos con grasa del taller y pienso que son demasiado rudas para medir una dosis de jarabe tan pequeña. Es esa sensación de que siempre te falta algo. Un martes de lluvia el invierno pasado, me di cuenta de que no podía más. Estaba intentando que comiera el caldo mientras pensaba en tres clientes que me esperaban para cambiar unos tambores. Esa presión de estar en dos lados a la vez te termina quemando la cabeza.
Cuando el cuerpo dice basta: el día que terminamos en el suelo
Hay momentos que te marcan la posta de que necesitás ayuda o, al menos, aprender a moverte. Me acuerdo patente de la vez que intenté levantarlo de la cama usando solo mi espalda. No quise usar el andador porque estaba apurado. Terminamos los dos en el suelo, frustrados y doloridos. Él llorando de la impotencia y yo con un tirón en la cintura que me duró una semana. Ahí entendí que quererlo mucho no alcanzaba para cuidarlo bien.
Para los que trabajamos por cuenta propia, como yo en la cerrajería, el consejo de "tomate un respiro durante el día" es una cargada. Si no salgo a hacer el service, no hay plata. No tengo a quién dejarle la guardia. Por eso, mi única forma de manejar el estrés fue profesionalizar un poco el caos. Después de las primeras tres semanas de locura, me puse a buscar información en serio. Encontré un curso en Hotmart, Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio, que tenía una calificación de 4.3. No es que te haga enfermero, pero me dio las herramientas para que las 24 horas del día no fueran un campo de batalla.
Pequeñas victorias en el baño y el dormitorio
Lo que más me servía del curso eran las lecciones sobre traslados. Aprender a usar el peso de mi propio cuerpo en vez de la fuerza bruta me salvó la columna. También me sirvió para entender que el baño es la zona más peligrosa de la casa. Si no tenés cuidado, ahí es donde ocurren los peores golpes. Yo mismo instalé un par de barras de seguridad, pero antes tuve que leer bastante sobre medidas de prevención de caídas en adultos mayores para el hogar para no meter la pata.
El olor de las mañanas y la culpa del cuidador
Cada mañana, el ritual es el mismo: el olor a alcohol en gel mezclado con el aroma de la madera vieja de la cómoda de mi viejo. Es un olor que ya se me pegó a la nariz. A veces, mientras le abro las cortinas, siento una culpa tremenda por desear estar en el taller, solo, peleándome con una llave cruzada en vez de estar ahí. Es normal, viste, pero nadie te lo dice porque queda feo.
A mediados de este otoño, la rutina se volvió más pesada. Mi viejo empezó a rechazar el baño. Se ponía terco, decía que ya se había bañado ayer. Ahí es donde el estrés te hace saltar la térmica. Aprendí que no sirve de nada gritar. Me bajé unos apuntes sobre pasos para el baño de esponja adulto mayor sin esfuerzo y eso calmó las aguas. Si él no tiene ganas de meterse a la ducha, no lo fuerzo; buscamos la vuelta para que esté limpio sin que sea una pelea de boxeo.
¿Cómo seguir sin volverse loco?
Si sos como yo, que tenés que laburar afuera y encima encargarte de todo en casa, la clave es la organización. No es una solución mágica, pero ayuda. Yo uso un pastillero de esos que hacen "clic" fuerte al cerrar, así sé que no me olvidé ninguna toma a las seis de la tarde. Y el cuaderno al lado de la pava, siempre. Anoto todo: qué comió, cuántas veces fue al baño, si lo vi más perdido de lo común. Eso, cuando viene el médico, es oro puro. Él me dice qué es parte de la vejez y qué es para preocuparse.
También tuve que aceptar que el andador con ruedas es mi mejor aliado, aunque al viejo al principio le daba vergüenza usarlo delante de los vecinos. Si estás en esa, fijate bien cómo elegir el mejor andador para ancianos con ruedas en casa, porque si comprás uno que no va con su altura, es peor el remedio que la enfermedad.
Cuidar a los viejos es un camino largo, che. Hay días que el caucho del andador chilla contra el cerámico de la cocina y me dan ganas de salir corriendo. Pero después llega el domingo, nos sentamos a ver el partido y, por un ratito, vuelve a ser mi viejo y no el paciente. Para aguantar esos tirones, a mí me sirvió mucho la capacitación que te mencioné. Si sentís que el agua te llega al cuello, pegale una mirada al programa de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio. A veces, saber qué hacer en el momento del berrinche o de la caída es lo único que te separa de un ataque de nervios. Al final del día, lo que importa es que él esté bien y que vos no te rompas en el proceso.